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Un cerebro distintivo puede estar tras la dislexia

Una investigación del MIT ha descubierto que una forma distintiva de los nervios del cerebro puede explicar por qué hay personas disléxicas.

Publicado en Mundo Educativo
Foto de Un cerebro distintivo puede estar tras la dislexia
La dislexia o la dificultad para aprender a leer es un problema que afecta a muchas personas y sobre el que se han llevado a cabo diferentes estudios con el fin de poder conocer por qué se produce y cuáles son sus causas. Ahora, una nueva investigación, realizada por el MIT, arroja más la luz sobre los motivos que pueden estar tras ella.

La investigación refleja que una forma distintiva de los nervios que se localizan en el cerebro de las personas que tienen dislexia pueden ser la explicación de por qué estos sujetos tienen dificultades para aprender a leer.

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Y es que el equipo de investigadores del MIT ha descubierto que las personas con dislexia se caracterizan por tener un cerebro con una capacidad disminuida para aclimatarse a una entrada repetida. De esta manera, cuando una persona disléxica ve la misma palabra varias veces, las regiones del cerebro implicadas en el proceso de lectura no muestran la misma adaptación que la de los lectores sin esta dificultad de aprendizaje. Este hecho pone de manifiesto que la plasticidad del cerebro, que sirve de base para aprender cosas nuevas, se reduce.

Para llegar a estas conclusiones, en el estudio, que se ha publicado recientemente en Neuron, se emplearon imágenes de resonancia magnética para escanear los cerebros de los jóvenes adultos con y sin dificultades de lectura mientras realizaban diferentes tareas.

En el primer experimento tuvieron que escuchar una serie de palabras leídas por cualquiera de cuatro personas diferentes o bien por un único hablante. Las imágenes captadas a través de la resonancia magnética revelaron patrones distintivos de la actividad en cada grupo de sujetos.

Por ejemplo, en las personas sin dislexia, las áreas del cerebro implicadas en el lenguaje mostraron adaptación neuronal tras oír las palabras pronunciadas por la misma persona, pero no cuando hablaban los diferentes sujetos. Por el contrario, las personas disléxicas mostraron menos adaptación a las palabras dichas por un único sujeto.

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La investigación permitió evidenciar que, en general, las neuronas que responden a un estímulo sensorial particular tienen una reacción más fuerte al principio, aunque luego la respuesta se va silenciando a medida que continúa la entrada.

Los investigadores también llevaron a cabo otras pruebas en las que se pidió a las personas que mirasen una serie de la misma palabra o de varias palabras, así como fotos del mismo o diferentes objetos e imágenes de la misma o diversas caras.

En todas estas pruebas, comprobaron que, en las personas con dislexia, las regiones del cerebro dedicadas a la interpretación de las palabras, objetos y caras, no mostraron adaptación de los nervios cuando los estímulos se repitieron varias veces.

De hecho, la localización del cerebro cambió en función de la naturaleza del contenido que se percibía, pero la adaptación reducida fue consistente en dominios muy diferentes. Un efecto que apareció incluso en tareas que no están relacionadas con la lectura, poniéndose de manifiesto que una persona con dislexia también tiene dificultades para reconocer objetos y caras.

Finalmente, los investigadores realizaron otro experimento, constatándose que la reducción de plasticidad no es consecuencia de una experiencia de aprendizaje diferente.

El estudio, que no ha desvelado por qué el cerebro se ve diferente en términos de anatomía y función, ha permitido conocer las características de las propiedades de las neuronas en estas regiones del cerebro. Ahora se plantea estudiar a niños más pequeños para ver si estas diferencias son evidentes incluso antes de comenzar a leer. Una investigación en la que se emplearán otras mediciones cerebrales como la magnetoencefalografía (MEG) para poder seguir más de cerca la evolución en el tiempo de la adaptación de los nervios.

La investigación ha sido financiada por la Ellison Medical Foundation, la National Institutes of Health, y la National Science Foundation Graduate Research Fellowship.

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