Leer un texto en inglés puede convertirse en un reto para algunos estudiantes y resultar relativamente sencillo para otros. Aunque las palabras y las frases sean las mismas, la experiencia de lectura no tiene por qué coincidir. Ahora, un estudio de la Universidad de Tsukuba (Japón) ha analizado esta diferencia y ha encontrado que, aunque la dificultad de un texto puede medirse mediante criterios lingüísticos, la percepción individual también aporta información relevante para comprender cómo lee cada persona.
La reciente investigación examina la relación entre la dificultad objetiva de los textos en inglés y la que experimentan quienes los leen. Sus resultados apuntan a una conclusión importante para la enseñanza de idiomas: no basta con medir la complejidad de un texto para saber cuánto esfuerzo supondrá para cada alumno.
¿Cómo se ha medido la dificultad de los textos en inglés?
Para estudiar esta relación, el equipo investigador analizó 30 textos de lectura en inglés con distintos niveles de dificultad. En primer lugar, evaluó su complejidad mediante herramientas de legibilidad basadas en características lingüísticas, como las palabras y las estructuras de las frases. También empleó un método de evaluación basado en un modelo de lenguaje de gran tamaño.
Después, un grupo de estudiantes universitarios y de posgrado cuya lengua materna era el japonés leyeron los mismos textos y valoraron su dificultad en una escala de nueve puntos.
Los resultados mostraron una relación clara entre ambas medidas: los textos considerados más difíciles según los indicadores objetivos también tendían a ser percibidos como más complicados por los lectores.
Sin embargo, esta coincidencia no era completa. Las valoraciones individuales aportaban información adicional que no podía explicarse únicamente por las características generales de cada texto.
Los movimientos oculares revelan el esfuerzo durante la lectura
El estudio también analizó los movimientos oculares de los participantes para observar cómo procesaban los textos. Los investigadores encontraron que los pasajes más difíciles tendían a leerse más despacio y que los estudiantes saltaban menos palabras al recorrerlos. Estos patrones se relacionaban tanto con la dificultad del material como con la experiencia de cada lector.
Uno de los hallazgos más relevantes fue que las diferencias entre la valoración de un estudiante y la puntuación media del grupo ayudaban a explicar su comportamiento visual durante la lectura.
En otras palabras, saber que un texto es complejo resulta útil, pero conocer cómo lo percibe una persona concreta permite entender mejor su forma de leer.
¿Qué implica este descubrimiento para aprender inglés?
Los resultados tienen posibles aplicaciones en la enseñanza del inglés y en el diseño de materiales educativos.
Las herramientas de legibilidad permiten clasificar textos según su complejidad lingüística y facilitan la selección de lecturas para el aula. No obstante, dos estudiantes con un nivel académico similar pueden experimentar dificultades diferentes ante un mismo contenido.
Por ello, combinar los indicadores objetivos con las valoraciones de los propios alumnos podría contribuir a identificar mejor sus necesidades y a seleccionar materiales más adecuados para cada uno.
Este enfoque también puede resultar útil para desarrollar sistemas de aprendizaje más personalizados, en los que la elección de lecturas tenga en cuenta no solo la complejidad del texto, sino también la experiencia del estudiante.
【Society/Culture】 Subjective and Objective Difficulty of English Texts Are Related—but Not the Same
Not all learners find the same English text equally difficult.
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https://t.co/o4YscIGq0L— University of Tsukuba (@UNIV_TSUKUBA_EN) September 28, 2026