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Violencia en las aulas: ¿un problema? y ¿soluciones?

Este mes se han abierto las escuelas y con ellas vuelve a estar presente el tema de la violencia en las aulas. ¿Es tan grave como se dice? ¿Qué la produce? ¿Cómo puede evitarse? Unas breves pinceladas sobre un tema tan extenso como preocupante es lo

Publicado en Histórico Reportajes
Foto de Violencia en las aulas: ¿un problema? y ¿soluciones?
Estudiantes-grado-INE

Con el comienzo del curso académico en numerosos centros escolares, la violencia en las aulas se convierte en un tema de máxima actualidad. Después de un breve periodo de merecido descanso, los profesores y el resto del personal docente han de reencontrarse con la tensión propia de su actividad (la enseñanza es una de las actividades laborales con un índice de estrés más alto) y en los peores casos, con actitudes agresivas muy poco gratificantes.


Y es que, aunque entre nosotros la violencia juvenil no ha adquirido los tintes dramáticos que sí ha alcanzado en otros países, es éste un fenómeno que existe en España y preocupa a buena parte del cuerpo docente y del alumnado. En un estudio elaborado a finales de los años noventa ya se reflejaba en el 80% de los encuestados la preocupación por la falta de disciplina y respeto presentes en los centros de enseñanza. No es el único dato alarmante: en otro informe reciente realizado este año por la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo se revela que un 15% de los trabajadores del sector educativo ha sufrido malos tratos físicos o psicológicos en el desempeño de su actividad profesional. Otros estudios indican que además, un 70% de las bajas laborales producidas entre profesores se debe a depresión por el alto grado de conflictividad que algunos alumnos presentan.


También hay que señalar que otros estudios no se muestran tan alarmistas en sus conclusiones. Según Pedro Eyerbe la violencia en la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) no es "tan grave como se dice" en los centros educativos. Este catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad del País Vasco dirigió durante 2002 un conjunto de encuestas realizadas a 800 alumnos, 750 padres y 400 docentes de la ESO, y esa fue precisamente la conclusión.


¿Cómo se produce?


El mencionado estudio de Pedro Ayerbe señalaba como factores que más influyen en la indisciplina en los centros la falta de supervisión familiar de los adolescentes, la pérdida de las normas de respeto y consideración, el querer llamar la atención, la heterogeneidad de las clases y el poco aprecio social de los estudios. Además, revelaba que el foco de indisciplina más destacable se sitúa en el tercer curso de la ESO y que los profesores que más violencia encuentran en las aulas son los sustitutos y los que se rigen por criterios de disciplina "más blandos".


La violencia en las aulas nace de una situación muy concreta. Cuando un profesor entra en contacto con un grupo de alumnos automáticamente se establece una cierta tensión dialéctica. El docente intentará, por una parte, establecer unos límites que los alumnos no deberán rebasar mientras que éstos, por otra, querrán ver hasta dónde pueden llegar. Es precisamente de la forma en que se desarrolle ese tira y afloja de donde nacerá el clima que se establecerá en la clase. La dificultad estriba en determinar el mejor método para crear una buena relación, ya que no está claro que una actitud de cooperación e interacción laxa sea siempre un buen método, pues en ocasiones y dependiendo de las circunstancias, puede hacer que al profesor se le escape la situación de las manos.


Pero, ¿qué factores determinan el componente violento en niños y jóvenes? Porque la tensión dialéctica arriba descrita no parece causa suficiente para desencadenar un comportamiento de agresión. Algunos piensan que la tantas veces mencionada presencia de la violencia en los medios (televisión, cine, videojuegos, cómics e incluso ciertos tipos de música) constituye una explicación demasiado simplista. Otras teorías hablan de una excesiva permisividad de los padres o de un estilo de vida individualista y competitivo cuyo principal valor es el “yo”, dejando al prójimo a un segundo lado. La respuesta, probablemente, es que sea un mezcla de todo esto.


Las medidas que los especialistas aconsejan para templar el clima en las aulas comienzan por impeler a padres y educadores a hacer respetar las normas desde la primera infancia. Ello incluye huir de una permisividad excesiva, evitar comportamientos tales como desautorizar a un profesor delante del alumno o la tolerancia cero frente a actitudes como la burla, el desprecio o los comentarios despectivos frente a cualquier persona, especialmente a las consideradas “diferentes” (la violencia, en ocasiones, puede presentar un componente racial o sexista)


Otra de las recomendaciones es evitar que los niños y jóvenes se vean saturados con los mensajes agresivos presentes en los medios de difusión. Por el contrario, hay que hacer hincapié en la inculcación de valores como la solidaridad, la tolerancia o el respeto al prójimo, tan poco frecuente en nuestros días. Los centros docentes, por su parte, como responsables de prevenir y combatir comportamientos violentos, deben adoptar medidas encaminadas a su prevención, tales como el establecimiento y comunicación de una política y una mayor formación del profesorado sobre cómo abordar este tipo de fenómeno.


La violencia tiene dos facetas, la física y psicológica, pudiendo definirse como comportamientos que implican faltas de respeto, agresiones físicas o verbales y ataques. Aparte del alumnado, dichos comportamientos pueden provenir de padres y otras personas ajenas al centro docente, y afectar no sólo al profesorado, sino a personal auxiliar como limpiadores, cocineros, administrativos o ayudantes e incluso a los propios alumnos.


Las consecuencias de los episodios de violencia en las aulas pueden traducirse en daños físicos y emocionales, estrés, desmotivación, bajas por depresión, aumento del absentismo, desmotivación y en los casos más graves, estrés postraumático de los afectados.

¿Qué hacer?


Evidentemente, lo mejor siempre será prevenir que curar. Volviendo al estudio de Pedro Ayerbe, éste hace tres sencillas recomendaciones: mejorar los aspectos didácticos, dinamizar las clases para que resulten más interesantes y la aportación de información fluida a los padres.


Cuando el riesgo de violencia existe, los centros docentes tienen la obligación de adoptar ciertas medidas para evitar los hechos o reaccionar ante ellos, según el caso. Por tanto, debe contemplarse una doble vertiente: por una lado, la prevención de los hechos violentos y por otro, la de sus consecuencias una vez que éstos se han producido.


En el primer caso se incluirían acciones como adecuada iluminación de zonas oscuras, control de los visitantes que acceden a los centros escolares, evitar que el trabajador permanezca solo, presencia de dos profesionales a la hora de tratar con grupos de alumnos, servicios de orientación psicológica, establecimiento de política antiviolencia (incluyendo la tolerancia cero ante comportamientos discriminatorios o agresivos) y mejora del entorno laboral (temperatura adecuada, colores agradables, etc.), por mencionar algunas.


En el segundo caso, cuando se produce un hecho violento, la atención a la víctima es fundamental, por lo que bajo ningún concepto se la debe dejar sola, siendo básico brindarle todo el apoyo psicológico necesario (de vital importancia en casos graves para evitar el estrés postraumático), así como para emprender las acciones administrativas necesarias (denuncias, etc.), evaluar la implementación de posibles medidas adicionales y comunicar el hecho al resto de trabajadores de la plantilla.


Un fenómeno no exclusivo del sector docente


La violencia en el trabajo no es, desgraciadamente, un fenómeno exclusivo del área docente. Otros sectores lo padecen también, especialmente aquellos que tienen un contacto frecuente con el público, como la restauración, el comercio minorista, el sector financiero, el sanitario, los transportes, etc. En la actualidad se ha producido una evolución curiosa consistente en la extensión de la violencia desde empresas que manejaban bienes de alto valor, como las entidades bancarias, hacia otros perfiles profesionales que “simbólicamente” se considera que representan a la sociedad, algunos tan llamativos como el bombero o el médico de guardia.


Las situaciones en las que es probable que se produzca una conducta violenta son: manipulación de mercancías valiosas o dinero en efectivo, actividades que impliquen inspección, control y “autoridad” en general, organizaciones en las que exista una mala gestión y contacto con determinados clientes (pacientes con historial violento, solicitantes de créditos, etc.).


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Enlaces de interés:


Agencia Europea para la Seguridad y Salud en el Trabajo


Red Española de Seguridad y Salud en el Trabajo


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