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EUROSTAT deja patente las carencias de España en formación permanente

Sólo 1 de cada 4 españoles en edad laboral participó en 2003 en algún tipo de ‘aprendizaje permanente’. Un estudio de Eurostat presentado recientemente ha puesto de manifiesto lo mucho que queda por hacer en España para alcanzar un nivel satisfactori

Publicado en Histórico Reportajes
Foto de EUROSTAT deja patente las carencias de España en formación permanente

La disposición de los españoles a adquirir una formación consolidada y continuada vuelve a estar en entredicho. Al menos así lo ha puesto de manifiesto la Oficina Europea de Estadística -Eurostat- en un reciente estudio comparativo sobre las actividades formativas llevadas a cabo en 2003 por los 25 países miembros de la UE. Decir que este estudio se refiere al amplio colectivo de personas entre 25 y 64 años, personas, por tanto, en edad laboral. Como era de esperar, los españoles no aparecen en el podio de los más ‘aplicados’.


 


Sólo hay remitirse a los datos de dicho año para salir de dudas: el 25% de los españoles entre 25 y 64 años recibió formación continuada (en sentido amplio), lo cual queda muy por debajo del conjunto de los europeos que en un 42% participó ese año en alguna actividad formativa de educación formal, no formal o estudios por cuenta propia (autoaprendizaje, lo cual puede ser a través de libros, ordenador, emisiones educativas, etc.). Nuestro país, así pues, registra el tercer porcentaje más bajo de la Unión Europea, solamente superado por Grecia (17%) y Hungría (12%). En el extremo opuesto del ranking destacan, como más ‘aplicados’, los austriacos con un 89%, seguidos de los luxemburgueses y los eslovenos (ambos con un 82%).


 


Leve distinción de sexos


 


Pese a que el estudio no revela grandes diferencias generales en cuanto a la iniciativa de hombres y mujeres en la formación, sí se puede hablar de ligeras diferencias en algunos países objeto de análisis. Así sucede, por ejemplo, en Irlanda donde las mujeres son más proclives a completar su formación con una diferencia de 9 puntos (53 frente a 44% de hombres). Y cosa similar ocurre en Letonia y Lituania –dos de los últimos países adheridos a la UE-, donde también las mujeres realizan más actividades formativas que los hombres aventajándoles en un 8%.


 


Hay que decir, sin embargo, que la diferencia en la mayoría de países es nula y España no es una excepción en este caso: apenas un 1% a favor de las mujeres (25% frente al 24% de los hombres).


 


En la gran mayoría de los 25, la participación masculina supera ligeramente a la femenina. Así y todo, hay casos llamativos, como el de Francia cuya diferencia es del 8% a favor de los hombres o el de Italia con un 6% de ventaja sobre las mujeres.


 


Participación por posición laboral


 


Con respecto a la participación en la educación ‘no formal’ –en España es lo que se denomina ‘educación no reglada’- el informe de Eurostat distingue entre tres colectivos. Por un lado tenemos los trabajadores, los cuales optan en un 21% por algún tipo de aprendizaje no formal. Respecto a los desempleados de toda Europa, esta modalidad formativa llega al 14% del colectivo. Y queda, por último, la población no activa, la cual sólo accede en un 6%.


 


España en este aspecto vuelve a situarse por debajo de la media europea, con un 16% de los desempleados recurriendo a este tipo de formación, un 12% en el caso de trabajadores y 5% cuando se trata de población inactiva (población entre 25 y 65 años que no está capacitada para trabajar).


 


Despuntan, según datos de Eurostat, los trabajadores daneses, con un 53% participando cada año en actividades formativas, un 41% de los desempleados y un 23% de las personas inactivas de aquel país. El contrapunto hay que situarlo en Italia donde solamente 7 de cada 100 ciudadanos en activo opta por realizar una actividad formativa no formal, menos aún, 2 de cada 10, cuando hablamos de desempleados y tan sólo 1 de cada 100 en lo que se refiere a italianos inactivos. En una situación semejante se encuentran Grecia y Hungría.


 


Según el nivel de formación


 


El informe analiza, además, el porcentaje de población que continúa su formación al término de los estudios. Las cifras que baraja el informe de Eurostat indican que un 31% de los europeos con estudios superiores no vuelve a participar en ningún tipo de enseñanza a lo largo de su vida profesional, cifra que aumenta hasta el 77% entre los que tienen estudios de primaria o secundaria.


 


España, en este aspecto, registra de nuevo un dato decepcionante, pues ni siquiera llega a la media europea. El caso es que un 87% de españoles jamás ‘pisa un aula’ tras finalizar sus estudios superiores y un 52% no lo hace cuando su nivel de estudios es inferior. El colectivo de eslovenos con titulación superior es un caso particularmente destacado, tan marcadamente contrapuesto al nuestro como para hacer reflexionar: allí sólo suman un 3% los que no vuelven a formarse. 


 


Y tampoco puede decirse que nos haya pillado por sorpresa. De hecho, promover la formación permanente de los ciudadanos en los estados miembros ha de ser actualmente una de las prioridades de la Unión Europea, tal y como se recoge en la trascendental ‘Estrategia de Lisboa’ firmada en marzo 2000. En el caso particular de la Formación Continua, estableció en 2003 la Comisión en el marco de referencia de la ‘Estrategia de Lisboa’, que para 2010 deberá alcanzar el 12,5% de los trabajadores europeos. No parece que esto vaya a ser posible, dada la evolución que registra el citado punto de referencia (o ‘benchmark’) en la gran mayoría de países comunitarios.


 


España: conclusiones a la luz de los datos


 


Qué falla en nuestro país para que aún esté lejos de alcanzar un nivel óptimo en ‘aprendizaje permanente’. ¿Por qué los españoles en edad laboral son tan reacios a seguir formándose o estudiando? Tenemos por un lado las empresas, sobre todo las pequeñas y medianas, que no aprovechan las oportunidades que brinda todo el subsistema para la Formación Continua de los trabajadores. Los propios trabajadores que no se benefician de programas específicos gratuitos dirigidos a tal colectivo. Tenemos, asimismo, a las personas en paro que no acceden en número deseable a los programas gratuitos de Formación Profesional Ocupacional. Tampoco las universidades consiguen atraer a alumnos maduros, ya sea para realizar cursos breves, cursos de verano, y mucho menos para realizar programas de doctorado, que ya estamos entre los países europeos con menor proporción de población con estudios de ‘tercer ciclo’.

Todavía queda mucho por hacer en lo que respecta a la Formación Continua. El actual subsistema, ya con más de dos años de vigencia, se ha mostrado poco eficaz a efectos de que se beneficien sus destinatarios: empresas y trabajadores en activo. Sin ir más lejos, este año, pronto se pudo saber que las empresas no iban a hacer uso de la cantidad que el ministerio de trabajo asignó para esa circunstancia. Nada menos que 701 millones de euros presupuestados y, sin embargo, a final de este año podría haber un superávit de 250 millones. Lo peor es que esto se da al tiempo que España registra uno de los índices más bajos de toda Europa en lo que se refiere a Formación Continua.


 


La novedad más relevante del nuevo Subsistema de Formación Continua implantado cuando aún el Partido Popular detentaba el Gobierno fue el polémico ‘sistema de bonificaciones’, por el cual las empresas han pasado a controlar el grueso de su presupuesto y deciden, por tanto, cómo desarrollar sus acciones formativas. Lo hacen a partir de las cotizaciones sociales (Seguridad Social), de manera automática, sin gestión intermedia de ninguna administración. El así llamado ‘crédito para formación continua’ resulta de aplicar, a la cuantía ingresada por la empresa en concepto de formación profesional durante el año anterior, un porcentaje de bonificación en función del tamaño de la empresa. Este porcentaje será mayor cuánto más pequeña sea la empresa, un 100% para las empresas de entre 6 y 9 empleados frente al 50% de las empresas con más de 250 empleados, por citar ejemplos extremos.


 


Y pese a los buenos augurios que algunos pronosticaban, la cruda realidad ha confirmado el fracaso práctico de la reforma. Difícil es dar una explicación definitiva, aunque varios factores han ayudado a que ello ocurra. Sencillo a priori, sin embargo, hacer entender el modelo al conjunto de empresas no ha sido posible, pues, entre otras cosas, muy insuficientes han sido las campañas de promoción y, desde luego, poco informativas. Algunas gestiones no son tan sencillas e inmediatas como se dijo al principio, especialmente para las empresas de dimensión reducida que no disponen de personal habituado a trámites de este tipo. Se ha introducido, por ejemplo, la necesidad de firma digital personal para llevar a cabo la oportuna gestión online, lo cual todavía no ha sido ‘asimilado’ por la mayoría empresas. Los medios de apoyo en este sentido son escasos por no decir inexistentes.


 


Pero tampoco han colaborado las autonomías, lo cual, como es lógico, ha de limitar de manera decisiva el éxito del subsistema entre la generalidad de empresas y trabajadores. Y es que los gobiernos autónomos se han sentido marginados en un ámbito del que reclamaban competencia, si no total, por lo menos mayoritaria. Patronal y sindicatos, tampoco lo han tenido muy claro; especialmente a los sindicatos no convence la idea. En definitiva, el modelo no ha sido aceptado por los agentes que más influyen en el ámbito empresarial, y por ende imprescindibles referentes en el conjunto de la Formación Continua.


 


No con la determinación del anterior, no obstante, el actual gobierno ha empezado a llevar a cabo algunos cambios con el fin de enderezar la situación; cambios como hacer más atractivas las bonificaciones a las empresas, también destinar mayor presupuesto a sindicatos y patronales, y muy especialmente implicar a las comunidades autónomas haciéndolas principales partícipes de la gestión de la Formación Continua en sus respectivos territorios. Claro que de todo esto, los resultados todavía están por ver.


 


Aunque la situación laboral haya mejorado, los parados siempre han de constituir un colectivo clave de cara al acceso a formación permanente. No es extraño, así pues, que la llamada ‘Formación Ocupacional’ absorba en nuestro país grandísimas partidas presupuestarias, desgraciadamente no muy bien gestionadas a tenor de pasados casos de malversación y corrupción, que tanto dañaron nuestros intereses en Europa. Y es que, hasta ahora, buena parte de los fondos para financiar este tipo de acciones procedían de las arcas europeas (Fondo Social Europeo). La actual situación augura, por contra, un preocupante recorte de tales ayudas, lo cual va a suponer un esfuerzo añadido a los gobiernos de nuestro país para no empeorar el acceso de los desempleados y otros colectivos a una formación imprescindible para mejorar sus expectativas laborales.


 


La universidad, otra asignatura pendiente. No entre los jóvenes, que ya se alcanzan ratios en línea al resto de países europeos. La universidad es para toda la sociedad, incluida la población madura. Y esta es, precisamente, la que en España no acostumbra a pasar por las aulas universitarias, una adversidad que nos pone en clara desventaja con respecto la mayoría de países europeos. Sin incentivos, ¿quién quiere volver a la universidad? Es una de las claves y así lo entienden en buena parte de Europa donde se habla desde hace años de fomentar la presencia de alumnos más allá de los 25 años. Muy significativos son los casos de Gran Bretaña, Suecia y Alemania, ofreciendo interesantes programas de ayudas y apoyo a un colectivo de enorme potencial. Por supuesto ayuda económica, pero también grandes dosis de flexibilidad y adaptación a las necesidades es lo que requiere este ‘atípico’ alumno que no debería ser tan escaso.


 


Becas y ayudas es lo que ahora tímidamente baraja el gobierno español. Algunas voces autorizadas piden a los gobiernos mayor compromiso con la formación permanente: proponen, por ejemplo, beneficios fiscales. Más fácil y asimismo imprescindible es facilitar el acceso al material didáctico y a programas de autoaprendizaje. Se trata, en este sentido, de apostar por las nuevas tecnologías, de saber aprovechar sus virtudes para difundir el conocimiento. Conseguir implicar a las universidades y las empresas para fomentar plataformas de autoaprendizaje. Sólo así será posible impulsar el aprendizaje permanente. Los datos apuntan a un camino muy largo, pero el camino está claro, sólo hay que empezar a recorrerlo.


 


 


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EUROSTAT


 


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