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Segundas opiniones siempre fueron buenas

Falta de visión, fanfarronería, exceso de optimismo… Razones hay muchas pero lo cierto es que la mayoría de personas tiende a sobrevalorar su capacidad de trabajo o productividad en una primera estimación, lo que termina traduciéndose en errores de p

Publicado en Histórico Noticias
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En España estamos relativamente acostumbrados a que las obras, sean públicas o en el hogar, se alarguen más de lo previsto. La mayoría de veces lo achacamos al ánimo de lucro del empresario de turno o a la vagancia de los trabajadores. ¿Y si la causa fuese un exceso de optimismo a la hora de medir los plazos? Un estudio de Fuqua School of Business y Wisconsin School of Business ha puesto en evidencia que tendemos a sobrevalorarnos cuando se trata de predecir nuestra capacidad de trabajo y comportamiento futuro.


 


Las investigaciones llevadas a cabo por Kurt Carlson, profesor de Marketing de Duke, y Robin J. Tanner, de Winsconsin, han confirmado que las personas tienden a ser optimistas. Por eso a la hora de valorar cuánto se tardarán en realizar una tarea o su capacidad de trabajo en una jornada laboral hacen estimaciones poco realistas que terminan traduciéndose en trabajos inacabados, en el peor de los casos, o al incumplimiento de plazos.


 


En uno de los experimentos, se preguntó a los participantes cuántas veces pensaban ejercitarse a la semana y la respuesta fue de una media de 4,48 veces. Sin embargo, dos semanas más tarde, la realidad arrojó que la media era tan sólo de 3,38 veces. Este es sólo un ejemplo de cómo las personas tienden a ser demasiado optimistas y a sobreestimar su capacidad de cumplir con una tarea.


 


Lo mejor de todo es que Carlson y Tanner hallaron una solución fácil y económica a este problema: preguntar una segunda vez y hacerlo de forma distinta. Así, se crean dos cuestiones, la primera en la que se plantea el tiempo necesario para completar una tarea en un ‘un mundo ideal’ inmediatamente seguida de una estimación más realista para el mundo de verdad. Los sujetos encuestados ofrecieron respuestas demasiado optimistas para la primera cuestión pero mucho más moderadas y sobre todo realistas para la segunda.


 


Según explica Tanner, con los dos tipos de pregunta “conseguimos que la gente tome en cuenta los factores que pueden alterar su capacidad de trabajo. Es una forma de que consideren lo que puede hacer que no actúen como desearían”. En el fondo, lo que ocurre es que en esa primera estimación pocas personas son capaces de ver la tarea objetivo en su conjunto y por eso tienden a ser excesivamente optimistas. Sin embargo, basta con que reflexionen unos instantes para que se den cuenta de su error y apliquen aquella máxima de que “más vale prevenir…”


 


Carlson asegura que esta falta de precisión para valorar nuestra capacidad no es algo nuevo. La gran diferencia es que “ahora sabemos cómo solucionar el problema”. En este sentido, la exactitud de la predicción dependerá nuestra capacidad para que la persona en cuestión “diferencia entre su ideal y la realidad, algo que se puede hacer pidiéndoles primero una tiempo estimado en el mundo ideal y después uno real”. Y es que de esta forma se logra ‘aislar’ la primera reacción, que suele ser la más optimista.


 


Esta técnica puede servir tanto a empresas como a trabajadores para valorar futuros proyectos y no perder dinero en planes estratégicos que después no podrán cumplirse. Incluso podemos utilizarlo para ahorrar dinero: si sabemos que no seremos capaces de ir al gimnasio tantas veces como desearíamos, tal vez podamos encontrar otras fórmulas (más baratas) de estar en forma.


 


 


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