Los enchufes no funcionan en las escuelas de negocios

El porcentaje estudiantes de MBA de segunda generación es notorio en relación al número total de estudiantes. ¿Casualidad? La leyenda urbana dice que no pero la realidad es bien diferente.

Existen diferentes razones por las que una persona puede decidir cursar o no un MBA. Desde un punto de vista económico siempre hay que plantearse el coste de la oportunidad que suponen estos programas en su modalidad a tiempo completo. No en vano, se trata de uno o dos años ‘perdidos’ en términos de salario y oportunidades laborales, a lo que debemos sumar el coste del propio curso. Claro que también al coste de oportunidad habría que restarle los ingresos futuros que proyecta cada escuela en un plazo de cinco años y que reflejan los rankings sobre el sector. Algunos incluso calculan el tiempo que se tarda en recuperar la inversión inicial.


 


En principio nunca debemos dejar que el dinero sea un obstáculo para cursar un MBA. Todas las escuelas de negocio logran rentabilizar la inversión de sus estudiantes y por eso precisamente cuentan con programas de ayuda y alternativas de financiación en condiciones especiales, aunque al final sí puede ser determinante.


 


En cualquier caso, como el dinero no lo es todo en la vida, hay otros motivos por los que una persona puede desear entrar en una escuela de negocio. El desarrollo de su carrera profesional se encuentra entre ellos. Un MBA no es la panacea para ascender en el mercado laboral y existen muchos ámbitos en los que este programa no será un valor añadido. Los MBA están pensados para acceder puestos de dirección o emprender y quienes deseen seguir otro camino pueden prescindir de esta formación.


 


Evidentemente hay muchos otros elementos que se pueden tener en cuenta para decir sí o no a un MBA, pero la dificultad para acceder a estos programas no debería ser uno de ellos. En el último año el número de aspirantes a cursar un MBA ha aumentado debido a la crisis, ya que muchos ven en la formación una buena salida profesional (el coste de la oportunidad es menor en un mercado en crisis). Además, todavía persiste el mito de que para entrar en las escuelas más prestigiosas hay que tener los contactos adecuados. Esta leyenda urbana ha crecido al amparo de los institutos y universidades a las que pertenecen buena parte de los centros de educación ejecutiva más conocidos. Sin ir más lejos, todos los miembros la Liga Ivy  (nombre que reciben el grupo de las ocho universidades privadas con mayor tradición en Estados Unidos) cuentan con su escuela de negocios que además suelen estar situadas entre las primeras de los rankings.


 


Estos institutos, universidades y otras instituciones privadas sí suelen tener en cuenta y de hecho forma parte importante de su identidad, la tradición que una familia acumula en la escuela. Es muy habitual ver distintas generaciones familiares que acuden a un mismo centro, que además suelen primar ese comportamiento. Sin embargo, no ocurre lo mismo con los programas de educación superior de dichas universidades y mucho menos con sus escuelas de negocio. La diferencia radica en que estos últimos viven de una reputación que se ganan a través de sus graduados y que deben conservar a toda costa.


 


Las escuelas de negocio no pueden permitirse el lujo de trabajar ‘por enchufe’, ya que corren el riesgo de que uno de estos alumnos ‘de rancio abolengo’ ponga en entredicho su reputación. Lo que cuenta para entrar en un MBA es el talento y no las conexiones familiares. De hecho, los institutos y parte de la educación universitaria de estos centros está enfocada a encontrar ese talento en la siguiente generación de sus antiguos alumnos para que así puedan mantener la tradición familiar, pero si el candidato no reúne los requisitos, difícilmente será admitido.


 


Una larga lista de graduados en la familia no va a impresionar a impresionar al departamento de admisiones e incluso puede ser perjudicial si se hace demasiado hincapié en este hecho. Es posible que sea visto como una falta de capacidad para encontrar mejores formas de defender su candidatura por parte del candidato. En el fondo, es como tratar de entrar en la escuela por enchufe. Cuando las escuelas piden referencias a los aspirantes se refieren a cartas de recomendación de jefes, profesores, compañeros de trabajo e incluso un ex alumno, pero no una carta de un familiar.


 


Otra cosa diferente ‘dejar caer’ que alguno de los progenitores acudió a la escuela de negocio o simplemente si cursó un MBA, aunque sea en otro centro. La mayoría de escuelas de negocio no presta demasiada atención a los antecedentes personales, a no ser que se trate de casos especiales de exclusión social, pero nunca viene mal haber crecido en un entorno en el que supuestamente fomentan los valores de un MBA.


 


Sin embargo, quienes no tengan estos contactos tampoco deben preocuparse. Los MBA son cuestión de talento, el networking se reserva para quienes acceden a la escuela.


 


 


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