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Europa no se entiende: el gran reto de la ampliación

Con la reciente incorporación de 10 países a la Unión Europea, idiomas como el maltés, el húngaro o el polaco ya son lenguas oficiales, con toda la problemática que eso implica para los servicios de traducción e interpretación de la UE. El lado buen

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El pasado 1 de mayo se ha producido un gran hito en la historia de la Unión Europea: la incorporación de diez nuevos estados, concretamente Malta, Chipre, Estonia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Letonia, Polonia y República Checa. Con la ampliación, el número de habitantes de la Unión asciende a 455 millones de personas y el de Estados asociados a la nada despreciable cifra de 25.


La incorporación de estos nuevos países requerirá, como es bien sabido, de un proceso de integración y de una adaptación importante de la estructura actual de las instituciones europeas. En ese proceso de adaptación, será sin duda necesario incorporar profesionales con profundos conocimientos acerca de los nuevos miembros, en muchos casos nacionales de esos mismos países. El proceso ya ha comenzado: basta con mirar la página de convocatorias de la Oficina de Selección de Personal para darse cuenta de que la mayor parte de las oposiciones ofertadas para puestos funcionariales de la categoría A (más información en reportaje sobre eurofuncionarios) actualmente en curso están dirigidas a candidatos con nacionalidad de alguno de estos nuevos miembros.


Pero el grado de Administrador no es el único que ha experimentado un incremento de la demanda de profesionales de estos países. Otro tanto de lo mismo sucede con la categoría LA (linguistas), si bien en este caso lo que se busca son traductores especialistas de los idiomas en cuestión: maltés, polaco, esloveno, eslovaco, húngaro, lituano y checo, entre otros, independiente de cual sea su nacionalidad.


Y es que la Unión Europea se enfrenta ahora a uno de los mayores retos de su historia: la de mantener la prerrogativa que tienen todos sus ciudadanos de poder dirigirse a sus instituciones en su propio idioma. Hasta hace poco, el número de lenguas oficiales era de once. Desde el 1 de mayo, ya son veinte, y no va a ser nada fácil (ni barato) manejar la complejidad lingüística de la que ya empieza a conocerse como la Babel europea.


Teniendo en cuenta la peculiariedad de la mayoría de estas nuevas lenguas (del maltés tan sólo existen 400.000 hablantes y qué decir de otras lenguas como la lituana o eslovena), es previsible que la mayor parte de estos nuevos traductores procedan en su mayor parte de los nuevos países que se incorporan. En cualquier caso, está previsto que la plantilla de traducción de la Unión Europea aumente este año hasta 2.600 personas, toda una oportunidad de empleo que profesionales de países como Eslovaquia, con una tasa de paro que alcanza el 19,4%, Letonia, con un 13% o Lituania, con un 16,5%,no pueden dejar de considerar.


El problema, sin embargo, no se reduce a incorporar en plantilla traductores nativos procedentes de estos nuevos Estados miembros. La mayor dificultad radica en la interpretación simultánea, tan necesaria en las reuniones institucionales, ya que es francamente difícil encontrar profesionales que hablen dos lenguas como húngaro y danés, finlandés y polaco o griego y maltés. Las combinaciones pueden ser interminables, tanto, como las dificultades a resolver. Sin olvidar el retraso que la necesidad de traducir los textos, nada menos que a veinte lenguas, puede llegar a provocar. Una cuestión que se adivina muy grave cuando afecta a la aplicación de normativas, como de hecho ya está sucediendo. La aprobación oficial de dos Directivas, una concerniente a la eliminación del secreto bancario en Austria, Luxemburgo y Bélgica y la segunda sobre gestión de fondos bancarios y seguros, han tenido que retrasarse hasta otoño precisamente por esta causa.


Todo esto por no mencionar el aspecto financiero del asunto. La incorporación de cada nuevo idioma le cuesta a la Unión Europea la friolera de 25 millones de euros y se calcula que sólo este año el coste de traducción de los documentos jurídicos alcanzará los 423 millones de esta misma divisa. El gasto previsto en servicios de traducción a partir del año 2005 se ha cifrado en 929 millones de euros anuales, sin contar con las inversiones necesarias para adaptar las instalaciones a las nuevas necesidades. Como mínimo, será necesario construir grandes recintos con al menos 20 cabinas de traducción simultánea en Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo, donde están las sedes de las principales instituciones de la UE. Una verdadera sangría para sus arcas nacida de una marcada vocación de pluralidad lingüística.


Algunos eurofuncionarios han sugerido el uso de una sola lengua común, como el inglés o incluso el esperanto, propuestas éstas que, por el momento, han sido desechadas. Lo cual no es raro, teniendo en cuenta la susceptibilidad que causa este asunto en países como Francia y Alemania, que no quieren ceder un ápice de su importancia lingüística. Y es que a pesar de que el inglés es, como no, el más utilizado, llevar a buen término negociaciones con diputados alemanes o franceses sigue planteando complicaciones a quienes no son capaces de utilizar estas lenguas.


Desde mucho antes de la última ampliación, la Unión viene desarrollando acciones para fomentar el aprendizaje de al menos una segunda lengua por parte de sus ciudadanos. El buque insignia de todas ellas es, sin duda, el programa Sócrates, que a su vez comprende el conocido Erasmus de fomento del intercambio universitario, que disfruta de un gran éxito. Otra de las acciones de Sócrates es Comenius, dirigida a los alumnos de centros escolares con el fin de fomentar el intercambio, la formación de los profesores de idiomas y creación de material y cursos de formación para la docencia de lenguas extranjeras. La menos conocida acción Grundtvig se centra en la educación de adultos y formación continua, mientras que Lingua se ocupa de facilitar el acceso al aprendizaje de idiomas y la creación de herramientas innovadoras para el mismo.


Otro de los programas importantes de la Unión Europa es Leonardo da Vinci, que genéricamente se ocupa de la formación profesional pero declara como una de sus acciones centrales la de mejorar las competencias lingüísticas, incluyendo las lenguas de menor difusión y enseñanza, principio desde luego muy aplicable al tema que nos ocupa. Los proyectos de Leonardo se dirigen al diseño y difusión de material docente y sistemas pedagógicos innovadores que se adapten a las necesidades de cada sector profesional.


En su esfuerzo por fomentar el aprendizaje de otras lenguas, la UE ha creado también un distintivo: el sello europeo de aprendizaje de idiomas, con el fin de distinguir aquellos proyectos que aporten un alto grado de innovación en la enseñanza de idiomas. El sello se concede anualmente y es gestionado de forma descentralizada por los Estados miembros.


Por último, en relación a las lenguas minoritarias, tampoco hay que olvidar las acciones emprendidas por la Unión Europea en ese sentido, como las ayudas financieras de la Oficina Europea de Lenguas Minoritarias o el patrocinio de la poco conocida Mercator Network, una red de intercambio de información y documentación de las lenguas menos usadas y difundidas.


No cabe duda que la tantas veces repetida importancia de aprender otros idiomas se ha hecho patente desde el mismo nacimiento de la UE, y más que nunca, a raíz de la reciente ampliación. Y es que el aprendizaje de una segunda lengua se ha convertido ya no sólo en un complemento cada vez más necesario, sino en una competencia altamente valorada y que no deja de abrir nuevas puertas. Un sólo vistazo basta cerciorarse de ello: el portal de la Unión Europea ya está disponible en veinte idiomas.


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Para más información:


Programa Leonardo Da Vinci


Programa Sócrates


Dirección General de Traducción de la UE


Especial idiomas


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