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El fraude deja de ser la excepción en las empresas

La estafa se ha convertido en la norma dentro del mundo empresarial. El 43% de las empresas ha sido víctima de algún tipo de fraude o robo en los últimos dos años y lo peor de todo es que en muchos casos son los propios empleados quienes están detrás

Publicado en Histórico Noticias
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Casos como el de Enron, WorldCom o Dynegy en Estados Unidos desataron las alarmas entre los regulares de todo el mundo acerca del fraude financiero en el mundo empresarial. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y se han publicado diferentes códigos de conducta para tratar de combatir esta pandemia. Sin embargo, lo cierto es los engaños de todo tipo apenas han disminuido en los últimos años. De acuerdo con los últimos datos del estudio ‘Crimen económico: Gente, cultura y controles’ de 2007 elaborado por PricewaterhouseCoopers (PwC), el 43% de las empresas en todo el mundo asegura haber sufrido algún tipo de estafa en los dos últimos años, un nivel muy cercano al de 2005. Y lo peor de todo es que más del 50% de los incidentes se deben a personal de la propia empresa. El informe, de periodicidad bienal, ha sido elaborado a través de entrevistas con 5.428 compañías en 40 países diferentes.


 


En términos económicos, las consecuencias directas del fraude empresarial suponen unas pérdidas financieras de 2,4 billones de dólares (cerca de 1.600 millones de euros), lo que supone un aumento del 40% en los dos últimos años. Además, un amplio porcentaje de los afectados asegura han sufrido otros problemas derivados de las estafas como por ejemplo el menoscabo de su imagen de marca en el 88% de los casos. El 84% también asegura que sus relaciones con otras compañías se han deteriorado y que los controles de los reguladores se han incrementado, en tanto que un 64% detectó descensos en el precio de sus acciones.


 


Y lo peor es que no se trata de un hecho focalizado en alguna zona, sector o tipo de empresa, sino de un problema global y que afecta al mundo empresarial y administrativo en su totalidad, aunque, como es normal, existen diferencias entre ellos. Así, cuanto más grande es la compañía mayor es el riesgo que corre de ser estafada. En concreto, un 62% de las corporaciones con más de 5.000 empleados sufren este mal por sólo un 52% de las que tienen entre 1.001 y 5.000 trabajadores y apenas un 32% en las denominadas pyme con menos de 200 asalariados.


 


Lo mismo ocurre en los diferentes sectores de actividad: todos están afectados aunque no en igual medida. Seguros y retail son los peor parados, ya que el 57% de sus empresas están expuestas a algún tipo de fraude, seguido de la administración pública, donde el porcentaje es del 54%. El 44% de quienes operan en servicios financieros también padecen esta ‘enfermedad’, que no está igual de extendida en todos los países. Según el estudio en las principales economías emergentes (Brasil, China, India, Indonesia, México, Rusia y Turquía) se trata de poco más que un cáncer. De hecho, el 45% de las pérdidas por fraudes se localiza en dichas regiones. Incluso desde PwC alertan que “las compañías deben entender los riesgos de fraude a los que se enfrentan al operar en una cultura diferente y  asumir que es posible les propongan participar en negocios ‘turbulentos’. Además, resistirse a la corrupción puede ser especialmente difícil para mantener la competitividad”.


 


En general, todo se debe a componentes socioculturales en la forma de entender la moralidad dentro del mundo de los negocios y las funciones de la empresa. Así, en estos países es relativamente normal que tanto amigos como familiares se beneficien de alguna forma por la posición del empleado en una determinada empresa. A esto hay que añadir un mayor número de personas acostumbradas a vivir de la picaresca. El chantaje y los sobornos son una práctica bastante más extendida, especialmente en Europa del Esta, donde el 30% los sufre, un porcentaje muy parecido al de otros lugares como África con un 29% o América del Central y Sudamérica con un 30%. Por el contrario, en Europa Occidental y Norteamérica apenas un 9% y un 3% de las empresas tienen este problema.      


 


Necesidad y avaricia


 


El prototipo de estafador es el de un hombre (85% del total) de entre 31 y 51 años con licenciatura universitaria en la mitad de los casos que en más del 50% de las ocasiones trabaja dentro de la propia empresa. De estos, el 26% ocupa puestos de alta dirección y el 43% acumula más de 5 años de experiencia en la compañía. El delito más habitual suele ser el robo (30% de los incidentes), la corrupción y los sobornos son terceros con una incidencia del 26%, la violación de la propiedad intelectual está presente en un 15% de los episodios, seguido del fraude financiero (12%) y del blanqueo de dinero (4%).


 


La necesidad y la avaricia, sobre todo esta última, son las motivaciones generales de quienes optan por el camino fácil para llenar sus bolsillos. Así, los incentivos económicos están presentes en un 57% de las estafas, aunque hay otros (36%) que lo hacen para mantener su costoso nivel de vida. La falta de implicación con la empresa es el argumento utilizado por el 34% de estos criminales, a los que se suma un 12% que lo hace por despecho, generalmente tras haber sufrido diferentes decepciones en la compañía. Y es que mantener conseguir que el empleado se identifique con la empresa y conseguir que se sienta valorado no sólo son herramientas para lograr el éxito en los negocios, sino también para evitar problemas internos.


 


Pero no todos los empleados actúan de mala fe. Muchos de ellos ni siquiera tienen conciencia de que están causando algún tipo de mal a la empresa. De hecho, el 40% opina ni siquiera sabía que estuviese incurriendo en un delito o haciendo algo mal, por un 26% que no preveía que sus acciones tuviesen consecuencias económicas para la empresa.


 


Sin embargo, todo esto no sería posible si existiesen medidas eficaces para evitar o detectar el fraude. Tanto es así que un 44% de los implicados declararon que, simplemente, fueron incapaces de resistirse a la tentación y un 34% aseguraron que los escasos controles les incitaron a ello. A estos hay que añadir el 17% que pensó que su situación era suficientemente anónima y el 14% que dijeron no tener excesivamente claras las normas éticas de la compañía. En este último grupo no se incluyen, evidentemente, aquellos que actuaron de forma errónea porque su posición de poder se lo permitía (19%).


 


La denuncia por parte de otro empleado es la vía para detectar el 43% de los fraudes, especialmente los que se producen en la parte baja de la cadena de mandos, en tanto que las auditorias fueron las que dieron la primera voz de alarma en un 19% de los fraudes. Estas últimas son más efectivas para ‘cazar’ a los altos mandos, capaces de infligir el mayor daño en términos económicos pero que, contradictoriamente, son quienes menor castigo reciben. Y es que también existen diferencias a la hora de penalizar a estos empleados ‘tramposos’, especialmente por las repercusiones mediáticas que puede suponer.


 


Según PwC, esto sólo sirve para sentar las bases del descontento entre la plantilla, que se considera maltratada en comparación con los altos cargos. Así, cuando es un alto cargo el implicado en el escándalo, hay un 30% de posibilidades que afecte a la moral y por lo tanto al rendimiento del resto de trabajadores, aunque este porcentaje se reduce drásticamente al 10% cuanto la justicia toma cartas en el asunto.


 


Lo único seguro en función de los datos del estudio es que las actuaciones contra los intereses económicos de la empresa no son un hecho puntual, sino una práctica lamentablemente habitual. Además, no parece que su incidencia financiera y número de casos vaya a reducirse pese a los esfuerzos de empresas y Administraciones.


 


 


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Más información:


 


Estudio ‘Crimen económico: gente, cultura y controles’ de PricewaterhouseCoopers


 


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