La creatividad sigue siendo uno de los grandes misterios para la ciencia. ¿De dónde surgen las ideas nuevas? ¿Qué sucede en el cerebro cuando una persona crea algo que no estaba previamente planificado? Una investigación centrada en la improvisación musical ofrece nuevas pistas y apunta a que la capacidad para crear podría estar mucho más integrada en el funcionamiento natural del cerebro de lo que se pensaba.
El trabajo, publicado en Scientific Reports, analizó mediante resonancia magnética funcional qué ocurre en el cerebro de niños de entre 9 y 11 años cuando improvisan música. Los participantes no necesitaban experiencia musical previa: aprendían un patrón sencillo y después podían utilizar las mismas notas para crear libremente sus propias melodías.
¿Qué ocurre en el cerebro cuando improvisamos?
Los investigadores observaron que improvisar no genera la misma actividad cerebral que reproducir una secuencia aprendida de memoria.
Durante la improvisación aparecieron cambios en diferentes redes cerebrales relacionadas con la percepción, las emociones y el procesamiento de la información. En concreto, se detectó una mayor conectividad funcional entre regiones relacionadas con las emociones y el sistema de recompensa.
Esto resulta especialmente interesante porque crear música espontáneamente parece tener un componente de recompensa que no aparece de la misma manera cuando simplemente se ejecuta una secuencia previamente aprendida.
El cerebro no procesa igual al repetir que al crear.
La investigación también detectó una desactivación de varias estructuras sensoriales y relacionadas con el procesamiento cerebral durante la improvisación. Entre ellas se encontraban regiones como el giro temporal medio, el giro angular, el precúneo y el córtex cingulado.
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La creatividad no parece depender únicamente de años de entrenamiento
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es que los protagonistas eran niños. Los investigadores querían comprobar si los patrones asociados a la creatividad aparecen únicamente después de años de práctica musical o si existe una capacidad más básica que ya está presente durante las primeras etapas del desarrollo.
Los niños mostraron diferencias claras entre tocar siguiendo un patrón aprendido e improvisar libremente. Además, la improvisación activó estructuras cerebrales relacionadas con la recompensa, lo que plantea la posibilidad de que crear de manera espontánea resulte intrínsecamente gratificante para el cerebro en desarrollo.
La investigación no demuestra que improvisar convierta automáticamente a una persona en más creativa ni que una sesión musical provoque por sí sola cambios permanentes en el cerebro. En cambio, sí aporta información relevante sobre cómo funciona la creatividad mientras está sucediendo.
El cerebro de los músicos también cambia cuando improvisan
El hallazgo encaja con investigaciones anteriores realizadas con músicos profesionales. Estudios de neuroimagen han observado que, cuando pianistas de jazz improvisan, disminuye la actividad de determinadas áreas del córtex prefrontal asociadas con el control y la evaluación consciente, mientras aumenta la actividad de otras regiones relacionadas con la expresión personal.
Cuando una persona interpreta algo memorizado, el objetivo consiste fundamentalmente en recuperar y ejecutar información conocida. En cambio, al improvisar tiene que generar una respuesta nueva en tiempo real, tomar decisiones constantemente y adaptarse a lo que acaba de tocar.
La neurociencia considera precisamente la improvisación musical una herramienta especialmente interesante para estudiar la creatividad porque permite observar ese proceso creativo prácticamente en directo.
¿Y si no sabemos tocar ningún instrumento?
Aquí aparece una de las conclusiones más interesantes de la investigación.
Los resultados sugieren que no hace falta ser músico profesional para que el cerebro se implique en procesos relacionados con la creatividad musical. De hecho, los niños estudiados podían improvisar con una preparación muy sencilla.
La investigación plantea así una cuestión de gran interés para la educación: si la creatividad forma parte de las capacidades naturales del cerebro, quizá las actividades artísticas no deberían considerarse únicamente como materias complementarias, sino también como una forma de estimular procesos cognitivos fundamentales.
Y la idea podría ir más allá de la música. La propia investigadora Karen Barrett destaca que actividades como dibujar, pintar o bordar también pueden ofrecer espacios para crear sin la presión de hacerlo «bien».
La importancia de dejar espacio para equivocarse
Improvisar implica aceptar que no existe una única respuesta correcta. Una nota inesperada puede convertirse en el comienzo de otra idea y un error puede transformarse en parte de la creación.
Los estudiantes pueden potenciar su creatividad si tienen espacio para experimentar, equivocarse y buscar sus propias soluciones.
La evidencia científica disponible ya relaciona la improvisación musical con procesos neuronales complejos vinculados con la creatividad, el control motor, la percepción y la recompensa.
El nuevo estudio añade una pieza especialmente interesante: esas respuestas cerebrales aparecen también en niños que todavía no cuentan con años de entrenamiento musical.
Una conclusión que va más allá de la música
La principal enseñanza del estudio quizá no sea que hay que aprender a tocar el piano. Es que crear puede ser importante incluso cuando no somos expertos en aquello que estamos haciendo.
La improvisación permite al cerebro explorar, probar, equivocarse y generar algo nuevo sobre la marcha.
Según esta investigación, esa experiencia involucra redes cerebrales relacionadas con la recompensa y la creatividad. Por eso, la próxima vez que alguien diga que «no tiene creatividad», quizá la respuesta más apropiada sea mucho más sencilla: tal vez solo necesite darse permiso para improvisar.
Neuroscience News "How Musical Improvisation Rewires Brain Activity"https://t.co/sOkdjNaXzt
— NCN (@NCreativityN) July 31, 2026

