Universidad Pública y Universidad Privada, frente a frente

Más de 70 universidades, entre públicas y privadas, compiten en excelencia, calidad y formación. Los futuros universitarios poseen una amplia oferta de centros en los que formarse. Sólo deberán decidir una cosa, ¿pública o privada?

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Llega la hora de la verdad. Del 8 al 19 de junio, 250.000 estudiantes de último curso de bachillerato se enfrentarán a las pruebas de Selectividad. Luego, si la superan, tendrán que decidirse por alguna de las 77 universidades repartidas por todo el territorio español. Y así llega la primera gran incógnita sobre si interesa cursar estudios en un centro público o privado.


 


Qué duda cabe que la nota final va a condicionar el centro de destino. Pero es tanta la oferta universitaria que candidato tiene un amplio margen de elección. Tendrá éste que evaluar, por ello, muy diversos factores de la lista de centros elegibles como su proximidad, su reconocimiento, su calidad académica, su preocupación y orientación hacia el mercado laboral, sus medios materiales y técnico y, por supuesto, el coste global de sus estudios. Y es, éste último, un asunto nada baladí y que toca de lleno el dilema de elegir entre una enseñanza universitaria pública o una privada.


 


Argumentos a favor y en contra se cruzan en una dialéctica que tiene por objeto decidir qué modelo de enseñanza es el más adecuado. Dos ejemplos: que las tasas de matriculación en un centro privado son notablemente más altas que las de uno público no es nada nuevo; tampoco, que las instalaciones de las universidades privadas son modernas y están acondicionadas con las últimas novedades en tecnología. Por eso representantes de ambos sectores explican cómo sus universidades se preparan para atraer a una nueva oleada de jóvenes, todavía hoy, indecisos.


 


La calidad de la enseñanza a debate


 


La experiencia en universidades privadas en nuestro país se remonta poco en el tiempo. Su incorporación al mapa académico es relativamente joven, salvo instituciones como la Universidad de Deusto, la Universidad de Navarra, la Pontifica de Salamanca o la Universidad de Comillas. Enrique Fernández Redondo, vicerrector de Ordenación Académica y Profesorado de una de las de reciente creación, la Universidad Camilo José Cela, asegura que la universidad privada busca distinguirse de la pública, ofreciendo “un nivel de exigencia académico máximo, una alta calidad en todos los servicios –tanto docentes como no docentes-, una atención personalizada y haciendo realidad la creación de una universidad dedicada al aprendizaje y no a la enseñanza, centrándonos en el alumno como parte activa y protagonista de su aprendizaje”. Herramientas para conseguir estos objetivos son, por ejemplo, grupos de alumnos reducidos o un trato casi individualizado; sin olvidar las magníficas salidas profesionales, gracias a los acuerdos establecidos con las empresas.


 


Por su parte, la universidad pública, que también tiende a reducir sus grupos y mejorar sus instalaciones, juega su mejor baza en el prestigio, ganado en parte por los años de experiencia, lo que hace que resulten más atractivas para quienes piensan dedicarse a la investigación. Centros como la Universidad Complutense o la Universidad de Alcalá de Henares arrastran una amplia trayectoria a sus espaldas, tal y como asegura Margarita Barañano, vicerrectora de la Universidad Complutense de Madrid, y “que sólo algunas privadas, también históricas, poseen. Este aspecto ha permitido la creación de un poso académico, cultural e investigador que la mayoría de las instituciones privadas no tiene”. Barañano arguye otra razón principal: el alto porcentaje de estudiantes que recurre a los centros públicos, en torno al 85% del total. De la misma opinión es José Manuel Vera, vicerrector de alumnos de la Universidad Rey Juan Carlos, que además pone el acento en “el elevado número de titulaciones que la universidad pública posee respecto a la privada, en términos generales, y en la calidad de las instalaciones docentes e investigadoras”. Pero lo más importante es saber como estos centros, públicos y privados, se han ido adaptando a los diferentes cambios que la sociedad, y por ende la universidad, ha sufrido en los últimos 20 años.


 


Adolfo de Luxán, coordinador del servicio de Empleo y Carrera Profesional del Colegio de Sociólogos y Politólogos de Madrid concede a la universidad tres funciones básicas: la preparación de sus estudiantes para un puesto de trabajo, una labor de investigación que, tal vez, para las privadas no resulte muy rentable, pero sí lo sea para las públicas, y fomentar el concepto de formación para la población en general. Para este sociólogo, tradicionalmente, las universidades privadas se han visto rodeadas de un menor prestigio que las universidades públicas, por ser centros donde “iban peores estudiantes”. Sin embargo, asegura que esto ha evolucionado en los últimos años “y las universidades privadas se han adaptado con más rapidez que las públicas en ofrecer, por ejemplo, titulaciones mixtas, mientras que las públicas siguen teniendo más experiencia en aquellas carreras más clásicas. También la oferta de postgrados y másters es más interesante en los centros de pago que en los públicos”.


 


El número de universitarios desciende cada año


 


En tan sólo una década, la que va de finales de los ochenta a finales de los noventa, la población universitaria pasó de rozar el millón de estudiantes a superar el millón y medio. Sin embargo, en los últimos diez años, el número de alumnos que, terminado el bachillerato, decide decantarse por la formación universitaria ha descendido un 12%. Esto se debe, según De Luxán, a un motivo sencillo, el demográfico: “La generación del baby boom se licenció a finales de los noventa y ahora hay menos jóvenes en edad de estudiar una carrera universitaria”. Este dato se invierte cuando hablamos de la educación a distancia. La UNED, centro público a distancia de referencia en España, es la única universidad que ha registrado un incremento de alumnos, y en este caso también es de un 12%, aunque se explica si se observa el perfil del estudiante que opta por la educación a distancia. “Es un alumno que estudia a la vez que trabaja”, aseguran desde la UNED. Aun así, resulta paradójico que democratizado el acceso a la enseñanza superior, hoy haya menos jóvenes que opten por ella como una opción de futuro. Otro de los motivos que apunta Adolfo de Luxán son las características del desarrollo económico que ha imperado en España en los últimos años. “Existían opciones labores, como la construcción o el comercio, con lo que podías obtener un buen sueldo sin tener que estudiar una carrera universitaria”. Ahora, las cosas son diferentes y, históricamente, “durante épocas de menor crecimiento económico, se suele dilatar la estancia en la universidad”. Como medida anti crisis, muchas universidades privadas han desarrollado programas especiales para momento críticos, como el que vivimos actualmente.


 


Apostar por estudiar en una universidad privada implica elevadas inversiones y precios muy por encima de la media. Con los bolsillos de las familias españolas bajo mínimos, las universidades privadas van a sufrir un descenso sustancial de las matrículas en éste y próximos cursos académicos. Pero ya hay interesantes iniciativas en marcha con el fin de retener un alumnado titubeante ante el intrincado momento económico que vive el país.


 


En este sentido, la Universidad Europea de Madrid presentó recientemente un novedoso paquete de medidas destinado a garantizar que ninguna situación económica externa al alumno del centro le impida acceder o continuar con sus estudios. El denominado Plan de Financiación y Seguro de Estudios incluye, entre otras cosas, la creación de un seguro que cubre la incidencia de que las personas responsables de financiar la formación académica del alumno cayesen en situación de desempleo o de incapacidad total temporal. Este seguro, de contratación voluntaria, garantiza al asegurado –padre, madre, abuelo, abuela, o tutor legal del alumno matriculado en Universidad Europea de Madrid- la percepción de una cantidad determinada de dinero durante un máximo de nueve meses consecutivos. Esta cantidad dependerá del formato elegido por el asegurado: una cuota anual de 150 euros, que supone mensualidades de 1.000 euros, o una opción reducida de 70 euros anuales, que garantiza la percepción de 500 euros mensuales. El seguro ofrece distintas posibilidades de financiación para facilitar el acceso a los estudios. Lo que permite que el alumno pueda adaptar los pagos a su situación concreta.


 


De hecho, el coste económico resulta, en muchas ocasiones, un inconveniente de las privadas respecto a las públicas. Un reciente estudio de la Federación de Usuarios Consumidores Independientes (FUCI) ha puesto de relieve las diferencias económicas entre estudiar en una universidad pública y una universidad privada. Del informe, en el que han participado la Universidad Complutense, la Autónoma, la Politécnica, la Carlos III, la de Alcalá, la UNED, la Europea de Madrid, la Alfonso X el Sabio, la Antonio de Nebrija, la Francisco de Vitoria, la San Pablo CEU, la Camilo José Cela y la Pontificia de Comillas, se desprende que el coste medio de los estudios cursados en una universidad privada es nueve veces más caro que en la pública. En estas últimas el precio medio ronda los 800 euros de media, aproximadamente, siendo la Universidad Rey Juan Carlos la más cara de las públicas. En las privadas, el coste medio se dispara hasta los 7540, siendo la Europea la más cara con una matrícula que se eleva hasta los 9250. Siendo estos los gastos es lógico que surjan medidas que ayuden a los interesados en estudiar en un centro de pago a costearse la matrícula.


 


Además de la pérdida de alumnos, con crisis o sin ella, este no es el único mal que achaca a esta institución. La lacra de la educación primaria y secundaria, el fracaso escolar, también se ha instalado en la educación superior. En torno al 30% de alumnos que comienzan una carrera universitaria no termina sus estudios y algo menos, un 26%, lo hace pero fuera del plazo previsto. A este respecto, Enrique Fernández Redondo apunta que “el fracaso y el abandono de los estudios se derivan de una mala elección, en la mayoría de los casos, por una deficiente información sobre los contenidos de la carrera y sus salidas profesionales”. Desde su universidad –asegura- se pone especial atención en este aspecto, con un seguimiento académico personalizado, “una tutorización de la labor de los alumnos y una exigencia alta pero acorde a las características de cada titulación”. Además, considera fundamental que el personal docente, como es el caso, esté “muy implicado en esta labor, ayudando y orientando al alumno en todo momento”. Si volvemos la mirada hacia la universidad a distancia, la cosa cambia. Las cifras de abandono rondan el 55% de los alumnos de primer curso. David Sánchez, director de comunicación de la UNED, ofrece una explicación: “La gente cuando se matricula en la UNED cree que es mucho más fácil, como un curso a distancia. Pero esto es una universidad que exige mucho a sus alumnos. Aquí, la carrera de derecho es igual de dura que en una universidad presencial. Por eso, en el primer año, hay mucho abandono. Sin embargo, de los que se quedan aprueba un 80%”.



Otra vía para combatir el fracaso académico son los cursos cero de preparación. Así en la Universidad Rey Juan Carlos, “se enseña a los alumnos las materias básicas de las que consta la carrera con un sistema de tutorización, en virtud del cual se hace un seguimiento no sólo académico, sino también para saber si tiene problemas de adaptación o conflictos con el grupo o el profesorado. Sobre todo, para evitar, que en el primer curso –que tal vez sea el más complicado-, el estudiante se desmotive. Además, existe un servicio de orientación, un servicio para hacer prácticas, y se fomentan distintas actividades culturales. Todo con un fin, que el alumno se vincule a la institución”. El aumento del número de alumnos experimentado por la enseñanza universitaria desde finales de los años setenta y durante los ochenta es, según la vicerrectora de alumnos de la Complutense, una de las razones fundamentales que explican el fracaso académico en la enseñanza universitaria. “En los últimos años se ha diversificado con importancia las características de este alumnado. Ya no es un alumnado joven, enmarcado en la franja de edad entre los 18 y 23”, sino que cada vez son grupos más heterogéneos. “Y por supuesto, como en otros ámbitos, hay grupos buenos, otros excelentes, y otros con más dificultades”. Barañano sugiere fomentar una mayor comunicación entre la etapa del bachillerato y la de la universidad: “Tenemos que hacer un esfuerzo para que el salto de la enseñanza secundaria a­­­­ la enseñanza superior sea menor que en la actualidad. Hay que orientar mejor, hay que asesorar más y, sobre todo, hay que tener una comunicación más fluida entre las bases educativas, para que la transición sea más sólida y con menos sorpresas”. Flexibilizar las modalidades de enseñanza, trabajar con grupos más reducidos y ofrecer métodos de apoyo a los alumnos que así lo necesiten son tareas primordiales que deben ponerse en marcha, asegura.


 


¿Fábrica de parados?


 


Las universidades tienen muy presente que están formando a la clase trabajadora de la próxima década y no dudan en emplear todos los recursos que tienen para minimizar los daños de otro de los grandes males que adolece la universidad: el incremento de parados entre licenciados universitarios. Durante el último trimestre de 2008, la tasa de paro entre licenciados universitarios se ha situado en un 6’7% -era del 5,2% durante el mismo periodo del año pasado-, según datos del Informe sobre la Empleabilidad de la población cualificada, dirigido por Mario V. González Fuentes, director del área de Negocios Internacionales EAE Business School. Fernández Redondo sólo ve una forma posible de preparar a los alumnos para el mundo laboral: “Haciéndoles participes de dicho mundo desde la parte práctica de la asignatura e incorporándoles a realizar prácticas autorizadas a lo largo del segundo ciclo que tengan un objetivo claramente definido”.


 


Una herramienta útil, presente en todas las universidades españolas –públicas, privadas y a distancia-, es el COIE, los Centros de Orientación e Información para el Empleo. Estos centros tienen como tarea la búsqueda de prácticas en empresas y el realizar un seguimiento al alumno durante las mismas. La UCJC, por ejemplo, tiene en la actualidad más de 400 convenios firmados con empresas para beneficio de sus estudiantes y la UNED con alrededor de 1.000. Pero cuando no es la falta de trabajo es la sombra de la precariedad laboral la que se cierne sobre aquellos que terminan el bachillerato. Esto puede llevar al desánimo y a que el estudiante de bachillerato deseche la enseñanza universitaria como una opción de futuro. Para Barañano, la universidad no sobra y tampoco los universitarios: “Hablamos de una sociedad del conocimiento y de la información y, justamente, lo que necesitamos son personas que sean capaces de manejarse con soltura en un entorno en el que, probablemente, lo que aprendamos hoy se quede obsoleto dentro de cinco años; en el que debemos estar en una formación casi continúa y tener esa actitud de aprender muy metida en nuestras cabezas”. La Universidad Complutense oferta prácticas en empresas en múltiples estudios, gracias a las cuales los alumnos pasan voluntariamente un periodo formativo complementario a sus clases en empresas privadas y también en la Administración Pública, donde son tutelados por profesores y en contacto con personas de la propia empresa. Además, hay determinados estudios que tienen lo que se llama prácticas curriculares, donde los alumnos se adentran en el ámbito profesional, como puede ser el caso de estudiantes de Magisterio, Medicina o Enfermería. Y un programa formativo y orientativo con tutorías personalizadas y consejos para aprender a hacer un currículum; foros de empleo y otras unidades vinculadas al COIE, como Compluemprende. Todas ellas con un objetivo claro y común: “Tejer unos lazos sólidos que permitan crear un puente de salida de la universidad para que el alumno disponga de un camino conocido y no caiga al vacío”, defiende Barañano. Sin embargo, Adolfo de Luxán no duda en califica estas herramientas como “deficitarias”. Y aunque considera estos centros de orientación para el empleo útiles para la búsqueda de prácticas durante los estudios, no lo son tanto cuando se habla de búsqueda de un primer empleo. “Aunque ya existían, probablemente, haya sido después del boom de las universidades privadas, que tenían entre sus grandes logros conseguir prácticas con empresas privadas, cuando se haya fomentado el mejor funcionamiento de los COIE. Sin embargo, son poco útiles cuando se habla de buscar trabajo tras haber terminado los estudios. Además, sería necesario que se incrementaran las charlas y foros donde se orientara a los universitarios para su posterior salida al mercado laboral”.


 


Un escenario, el actual panorama laboral, que no deja de ser algo incierto, sobre todo en la actual situación económica. Se observa un desajuste entre el número de licenciados en titulaciones universitarias y las posibilidades de encontrar un puesto de trabajo acorde a los estudios realizados, hace tiempo que se escucha que faltan médicos, o que sobran periodistas, por poner un ejemplo. En este aspecto De Luxán es de la opinión que se debería hacer un esfuerzo, aunque también califica la cuestión de complicada. “La universidad es una institución muy rígida. Si en un determinado momento faltaban licenciados en una carrera x, y se contrataron profesores para cubrir esa demanda, si ahora sobran titulados, ¿qué haces con los profesores contratados? No los puedes despedir”. A su vez, concede a la universidad privada más capacidad para ajustarse a estos cambios que experimenta la sociedad, por un sencillo motivo: “La universidad privada es más flexible, por ejemplo, a la hora de despedir a personal. No son funcionarios”.


 


Aunque tanto los vicerrectores de la Complutense como de la Camilo José Cela defienden a ultranza la educación universitaria, pública o privada, ambos también coinciden en que las opciones de enseñanza no universitaria, como la Formación Profesional, son una alternativa buena y eficaz. Enrique Fernández Redondo es de la opinión que la Formación Profesional debería ocupar una parte fundamental de las enseñanzas universitarias, ya que ambas buscan formar profesionales cualificados, en la mayoría de los casos en áreas semejantes, pero con diferente grado de responsabilidad en el desempeño de sus funciones. Por su parte, Barañano califica a la Formación Profesional de muy importante y adecuada, pero matiza: “Sería bueno que esa opción formativa no se concibiera encerrada en si misma, sino que dispusiera de unos buenos vasos comunicantes con la enseñanza universitaria”.


 


Sin embargo, la Formación Profesional, que en la actualidad cuenta con más de medio millón de estudiantes, 520.800 alumnos, y que ha experimentado un  crecimiento de un 1’9% con respecto al año anterior, tradicionalmente no ha gozado de muy buena imagen, porque “ahí recaían jóvenes que no querían estudiar o eran malos alumnos”, asegura Adolfo de Luxán. En la actualidad, todos los expertos consultados reconocen que se ha hecho un esfuerzo por fomentar este tipo de formación, aumentando las titulaciones y otorgándole el reconocimiento que debía haber tenido hace tiempo. “Hay puestos de trabajo que se pueden cubrir con una buena titulaciones de Formación Profesional y se debe potenciar justamente eso, pues en ocasiones se está importando mano de obra cualificada porque en España no hay trabajadores suficientes”.


 


De hecho, la evolución española en el número de graduados en Educación Terciaria de tipo B (equivalente a la Formación Profesional de Grado Superior) ha crecido de manera espectacular, pasando de un 2% en el año 95 a un 15% en el año 2006. Un porcentaje que incluso ha llegado a doblar a la media europea, situada en un 8%. Sin embargo, pese al aumento de titulaciones, el panorama en la Formación Profesional de grado medio sigue situándose lejos de la media de la UE. En 2006 se graduaron en FP de grado medio el 35% de los jóvenes en edad de hacerlo, mientras que la media de la UE fue de un 51%.


 


Después de lo expuesto, el combate entre universidad pública y universidad privada queda en tablas. Cualquiera de las dos opciones es buena. Según Adolfo de Luxán, “puede que haya un exceso de universitarios y, tal vez, no haya trabajo para todos, pero un número alto de licenciados universitario es un buen indicador de que España goza de buena salud”.


  


 


Más información:


 


Informe sobre la Empleabilidad de la población cualificada


 


Nota Mínima de Acceso a las Universidades Públicas Españolas: Curso 2007-2008


 


Compluemprende


 


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